




La experiencia espacial se organiza como una secuencia contemplativa. El muro de agua introduce sonido, movimiento y reflejos, convirtiéndose en un elemento activo del interiorismo. La lámina de agua acompaña el recorrido y genera una atmósfera de calma profunda, donde la percepción del tiempo se desacelera.
La iluminación natural es fundamental: entra de manera controlada, proyectando sombras precisas que enfatizan texturas y volúmenes. El árbol al fondo actúa como un hito visual y emocional, integrando la naturaleza como parte del diseño interior y reforzando la conexión interior–exterior.
En conjunto, el interiorismo no busca protagonismo ornamental, sino una experiencia espacial silenciosa, introspectiva y profundamente sofisticada, donde cada decisión está al servicio de la atmósfera, el equilibrio y la permanencia. Es un interiorismo que se vive más que se mira

